(I° Dom. Adviento A 2023)

Libro del profeta Isaías (Is 2,1-5)

“Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén:

Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas.

Hacia él confluirán los gentiles, caminarán los pueblos numerosos. Dirán: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob.

Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas, porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén la palabra del Señor.

Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas.

No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.

Casa de Jacob, ven; caminemos a la luz del Señor.”

Salmo Responsorial (Salmo 121)

R/. Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor.”

Qué alegría cuando me dijeron:
“Vamos a la casa del Señor.”
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor.

Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor.
En ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David.

Deseen la paz a Jerusalén:
“Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.”

Por mis hermanos y compañeros
voy a decir: “La paz contigo.”
Por la casa del Señor nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Carta de san Pablo a los Romanos (Rm 13,11-14)

“Hermanos: Dense cuenta del momento en que viven; ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vístanse del Señor Jesucristo, y que el cuidado de su cuerpo no fomente los malos deseos.”

Aleluya

Aleluya, aleluya.

“Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.”

Aleluya.

Evangelio de san Mateo (Mt 24,37-44)

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

– Lo que pasó en tiempo de Noé, pasará cuando venga el Hijo del hombre.

Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre:

Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.

Por tanto, estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor.

Comprendan que si supiera el dueño de la casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.

Por eso, estén también ustedes preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del Hombre.»

Reflexión

Adviento es el tiempo de la espera y por ello en este período del año, la Liturgia nos brinda la oportunidad de no perder de vista nuestra condición de transeúnte, de peregrino, de un varón o una mujer que se dirige a preparar el encuentro con Alguien. La existencia no es otra cosa que vivir en pequeñas esperas.

El «Ad-viento», tiempo y lugar de la espera y tiempo de preparación para la gran celebración navideña, en la que hacemos solemne memoria del gran acontecimiento del nacimiento de Jesús en Belén, hace referencia a la venida gloriosa y definitiva del Señor que reviste múltiples facetas: esperamos su llegada en la Historia de la humanidad y se espera la visita del Señor, en la profundidad de la historia de cada persona. No obstante, esta espera es única; porque la venida del Señor, aparentemente múltiple y fraccionada, también es única.

El lugar del Adviento es nuestra familia, nuestro sitio de estudio o de trabajo, nuestra sociedad, nuestro mundo, el universo, del que no podemos prescindir.

Como lo predicó en su Catequesis san Cirilo de Jerusalén, la primera venida de Cristo se realizó en el sufrimiento, la segunda traerá consigo la corona del Reino. Mientras la primera venida fue en la oscuridad y calladamente como lluvia sobre el césped, la segunda venida será en el esplendor de su gloria, que se realizará en el futuro. Si en la primera venida fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre, en la segunda aparecerá vestido de luz. En la primera venida Cristo sufrió la cruz, pasando por su ignominia; pero en la segunda vendrá lleno de poder y de gloria, rodeado de todos los ángeles» (cfr. Catequesis 15,1-3).

Además de estas dos venidas hay una venida intermedia. Aquéllas son visibles, pero ésta no. En la “primera venida” el Señor se manifestó en la tierra y vivió entre los hombres, cuando -como Él mismo dice- lo vieron y lo odiaron. En la “última venida” todos contemplarán la salvación que Dios nos envía y mirarán a Jesucristo glorioso a quien traspasaron. La “venida intermedia” es oculta y sólo la ven los elegidos, en sí mismos, y gracias a ella recibirán la salvación. Si en la “primera venida” el Señor vino revestido de la debilidad de nuestra carne, y en la “venida intermedia” viene espiritualmente, manifestando la fuerza de su gracia, en la “última venida” vendrá en el esplendor de su gloria.

La “venida intermedia” del Señor es como un camino que conduce de la primera venida a la última venida. En la “primera venida” Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra Vida. En la “venida intermedia”, Jesucristo es nuestra fuerza, nuestro descanso y nuestro consuelo. Le guardaremos en el interior de nuestro corazón, como Él mismo nos ha dicho: “el que me ama guardará mi doctrina, mi Padre lo amará y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él” (Jn 14,23).

Al inicio de esta breve reflexión recordábamos como el Adviento es un tiempo de preparación para la gran celebración de la Navidad, que en palabras de san Juan Pablo II, es “la fiesta del hombre” -varón y mujer-. Por esto, el Adviento es una preparación inmediata a ser «más-hombre», a crecer en humanidad, en un encuentro más total con el «Dios-con-nosotros», acontecimiento, único e irrepetible, en el proyecto inacabado de nuestra existencia. El evangelio de este primer domingo de Adviento es una exhortación a despertar y estar en vela para vigilar y esperar, porque en el momento menos esperado viene nuestro Salvador.