(XIV° Dom. Ord. B 2024)

Libro del profeta Ezequiel (Ez 2,2-5)

“En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía:

– Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día.

También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor”. Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.”

Salmo Responsorial (Salmo 122)

R/. Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores.

Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Segunda Carta de san Pablo a los Corintios (2Cor 12,7b-10)

“Hermanos: Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él y me ha respondido: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad.”

Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”

Aleluya

Aleluya, aleluya.

“El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para dar Buena Noticia a los pobres.”

Aleluya.

Evangelio de san Marcos (Mc 6,1-6)

“En aquel tiempo, fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:

– ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanos no viven con nosotros aquí?

Y desconfiaban de él. Jesús les decía:

– No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededores enseñando.”

Reflexión

Los católicos celebramos el domingo el Día del Señor, participando fervorosamente en la Santa Misa, viviendo plenamente la Eucaristía, porque estamos completamente convencidos que tenemos necesidad de la Misericordia de Dios, de Luz para nuestros pasos… La respuesta la encontramos siempre en la Palabra del Señor en la liturgia de la Palabra y en la liturgia de la Eucaristía.

Hace unos años estalló una persecución contra los cristianos en Sudán, África.

Un joven huyó y se refugió en Uganda. Allí entró en el seminario y terminados sus estudios, fue ordenado sacerdote. Se llama Parida Taban.

Sus feligreses no podían creer que fuera de verdad un sacerdote. ¿Nos quieres hacer creer que tú, hombre negro, eres un sacerdote?

Nunca habían visto un sacerdote negro. Todos los anteriores habían sido misioneros blancos y les daban ropas, comida, medicinas… El joven Parida Taban era pobre como ellos y no podía darles nada. Y empezó a celebrar la santa Misa en su propia lengua. La gente seguía diciendo: este hombre no puede ser sacerdote porque nunca hemos tenido la Misa en nuestra propia lengua. Era negro y pobre como ellos y hablaba su misma lengua.

Tuvo que pasar mucho tiempo y muchas pruebas hasta que fue aceptado por sus feligreses, por la gente de su raza y de su lengua.

Ser rechazado no es nunca agradable, pero cuando el rechazo viene de los que son más cercanos y más queridos la herida es mucho más profunda.

Como esta es una situación que se nos puede presentar con frecuencia, te invito a que te acerques al texto del evangelio de San Marcos y lo leas. El pasaje dice: «¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanos no viven con nosotros aquí?” (Mc 6,1-6).

Jesús fue el primer rechazado. «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron». Jesús siempre que llegaba a Nazaret tenía por costumbre asistir a la Sinagoga y allí predicaba con sabiduría. Un día esta forma maravillosa de predicar llamó la atención de sus coterráneos quienes se preguntaban de dónde Jesús había sacado toda esa sabiduría que les exponía. Y se decían:

¿acaso no es el hijo del carpintero y de María?

¿no es éste el que se junta con los pecadores?

¿no es éste el que no guarda el sábado?

¿no es éste el que perdona los pecados?

¿no es éste el que creció en Nazaret? ¿Dónde ha aprendido esas artes nuevas?

Sorprendidos y admirados sí, pero no creyeron en Él. Los suyos, los de su casa, los de su pueblo, los líderes, no lo recibieron.

Su falta de fe hizo que en Nazaret no ocurrieran maravillas. «Jesús sólo curó a algunos enfermos» dice con aire resignado el relato. ¡Qué tesoros no hubiera aportado Jesús a aquellas gentes que tanto amaba, si su razón orgullosa no hubiera cerrado los corazones a la fe! Y el rechazo total se consumó el día en que todos gritaron: ¡Crucifícalo!  ¡Crucifícalo!

Dios, cuando creó al varón y a la mujer los hizo con una gran dignidad, los creó con libertad y autonomía tan digna, tan grande, que Él mismo no podía violentarlas. Por esto es que Dios no puede hacer nada, ni darnos su Misericordia si nosotros no lo aceptamos. Él no puede salvarnos si nosotros no lo queremos, si nosotros no se lo permitimos.

Y sigue diciendo el texto del evangelio de san Marcos: «Solo en su tierra, entre sus parientes y en su propia casa se rechaza a un profeta». En el Bautismo el sacerdote al ungirnos la cabeza con el santo crisma nos dijo que éramos sacerdote, profeta y rey. Sí, nosotros todos los que recibimos el bautismo somos profeta. Y profeta es el que habla en nombre de Dios. Nosotros tenemos que hablar en nombre de Dios de todas sus maravillas y Misericordia, de todas las bendiciones y gracias que nos concede a cada paso. Siempre, en cualquier circunstancia donde nos encontremos, si creemos verdaderamente en Cristo, si tenemos fe en Él, si queremos y lo permitimos, Dios acude en nuestra ayuda.

Las palabras de Jesús hoy están dirigidas a ti y a mí, a todos nosotros: sacerdotes, religiosos, esposos, padres, profesionales, labriegos, estudiantes, niños, jóvenes adultos, ancianos, varones y mujeres… ¿qué hacemos con Jesús, con su mensaje, y con su Testamento de Amor?

Jesús sigue siendo admirado por muchos. Jesús sigue siendo predicado en millones de templos y salas de reunión. Jesús sigue siendo invocado por muchos y está en la boca de muchos hombres y mujeres, ¿pero en cuántos corazones está vivo? ¿Cuántos creen en Él? ¿Cuántos aman, sirven y viven como Él?

Muchos piden el bautismo de Jesús, pocos lo piden para nacer al hombre nuevo que es Jesús. No basta admirar a Jesús, hay que creer en Él. Y creer es seguirle y seguirle es transformarse y permitir que Cristo viva en el interior de cada uno.

Más allá de nuestra alabanza, más allá de nuestra oración, más allá de nuestras necesidades está Jesús. Jesús nos abre al Amor de Dios y al Amor a los hermanos.

Algunos se desilusionan con la iglesia porque no puede satisfacer todas sus necesidades corporales y temporales. Buscan satisfacer su interés y sus necesidades.

¿Mis necesidades? A la iglesia venimos a hacer amistad con Jesús, conocer su voluntad y pedirle la fortaleza para vivirla día a día.

Si sólo piensas en tus necesidades, nunca encontrarás a Jesús. Podrás admirarlo, pero no lo acogerás en tu corazón.

La iglesia de Jesús no es sólo un lugar para satisfacer mi necesidad de compañía, amistad, intimidad, oración…

La iglesia de Jesús lucha por ordenar esas necesidades, poner cada una en su lugar: la primera necesidad es estar abierto a la comunión con Dios, necesidad de Dios, necesidad de experimentar su Amor y su perdón. La segunda necesidad es estar abierto a la comunión con los hermanos, necesidad de generosidad y servicio.

Los paisanos de Jesús le rechazaron porque conocían muy bien a sus parientes… Nosotros rechazamos a la iglesia de Jesús porque conocemos muy bien sus pecados… Por esto, no admires, cree; no critiques, edifica; no busques, Ama.

Esto es muy difícil y exigente. De esto no nos salvamos ningún bautizado. Es el caso, por ejemplo, de san Pablo, quien tuvo que vivir en carne propia esta realidad, al igual que el Maestro. Todos, varones y mujeres tenemos que enfrentar el orgullo, la autosuficiencia, la soberbia, el creernos santos y calificar a los demás como pecadores; san Pablo en la Carta a los cristianos de Corinto (cfr. 2Cor 12), nos manifiesta y comparte su experiencia personal: Dios para evitar que el apóstol cayera en el orgullo y la soberbia por las grandes obras que realizaba y las obras que Dios realizaba a través de sus manos, permitió que Satanás le clavara una espina en su cuerpo (no sabemos a qué se refiere el apóstol). Tú y yo y todos nos encontramos en la misma situación. Esta espina es el dolor, la angustia, la soledad, la enfermedad, el hambre, la necesidad… el pecado. Esto lo permite Dios, para que no nos creamos ya santos, sin nada más para hacer, y no olvidemos que todavía estamos en camino, y que somos débiles y necesitados. Pero Dios no permite pruebas o esfuerzo superiores a nuestras fuerzas y tampoco nos deja solos; por eso le dice a Pablo: «te basta mi gracia». ¡Sí, sólo Dios lo puede todo; ¡sin Él, nada podemos hacer! La misma afirmación nos la dirige a nosotros en los momentos difíciles por los que pasamos: “¡te basta mi gracia!” ¿Qué más necesitamos? ¿Qué más pedimos a Dios? Si tenemos a Dios en nuestra vida, lo tenemos todo, todo es posible, pues, ¡Él lo puede todo! ¡Sólo Él basta!