(Solemnidad de todos los santos y conmemoración de los fieles difuntos, 2022)

La Fiesta de todos los santos y la Conmemoración de los fieles difuntos tienen algo en común y, por este motivo, han sido colocadas una tras otra (los días primero y dos del mes de noviembre). Ambas celebraciones hablan del más allá; recogen en sí, de modo especial, la fe en la vida eterna. Y aunque estos dos días nos ponen delante de los ojos lo ineludible de la muerte, dan, al mismo tiempo, un testimonio de la vida.

Si no creyéramos en una vida después de la muerte, no valdría la pena celebrar la fiesta de los santos y menos aún honrar a los muertos, visitando el cementerio. ¿A quién visitaríamos o por qué encenderíamos una vela o llevaríamos una flor?

Todo en estos días nos invita a una sabia reflexión: «Enséñanos a contar nuestros días y alcanzaremos la sabiduría del corazón» (Salmo 90,12). «Vivimos como las hojas del árbol en otoño» (comentaba G. Ungaretti). El árbol en primavera vuelve a florecer, pero con otras hojas; el mundo continuará después de nosotros, pero con otros habitantes. Las hojas no tienen una segunda vida, se pudren donde caen. ¿Nos pasa a nosotros lo mismo? Aquí termina la analogía. Jesús prometió: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre» (Jn 11,25-26). Es el gran desafío de la fe, no sólo de los católicos y cristianos, sino también de los judíos y de los musulmanes, de todos los que creen en un Dios personal.

Mi fe me lleva casi a gritar en mi interior: ¡sí! hay un lugar del que nunca regresaremos y del que no querríamos regresar. Jesús ha ido a prepararlo para nosotros, nos ha abierto la vida con su resurrección y nos ha indicado el camino para seguirlo con el pasaje de las Bienaventuranzas (Mt 5,3-12). Un lugar en el que el tiempo se detendrá para dejar paso a la eternidad; donde el amor será pleno y total. No sólo el Amor de Dios y por Dios, sino también todo amor honesto y santo vivido en la tierra.

Es verdad que la fe no exime a los creyentes de la angustia de tener que morir, pero la alivia con la esperanza. El prefacio de la Misa dice: «Si nos entristece la certeza de tener que morir, nos consuela la esperanza de la inmortalidad futura». Hay un testimonio conmovedor que vale la pena que se conozca: en 1972, una revista clandestina rusa publicó: una oración encontrada en el bolsillo de la chaqueta del soldado Aleksander Zacepa, compuesta poco antes de la batalla en la que perdió la vida en la segunda guerra mundial. Dice así:

¡Escucha, oh Dios! En mi vida no he hablado ni una sola vez contigo, pero hoy me vienen ganas de hacer fiesta. Desde pequeño me han dicho siempre que Tú no existes… Y yo, como un idiota, lo he creído.

Nunca he contemplado tus obras, pero esta noche he visto desde el cráter de una granada el cielo lleno de estrellas y he quedado fascinado por su resplandor. En ese instante he comprendido qué terrible es el engaño… No sé, oh Dios, si me darás tu mano, pero te digo que Tú me entiendes…

¿No es algo raro que en medio de un espantoso infierno se me haya aparecido la luz y te haya descubierto? No tengo nada más que decirte. Me siento feliz, pues te he conocido. A medianoche tenemos que atacar, pero no tengo miedo, Tú nos ves.

¡Han dado la señal! Me tengo que ir. ¡Qué bien se estaba contigo! Quiero decirte, y Tú lo sabes, que la batalla será dura: quizá esta noche vaya a tocar a tu puerta. Y si bien hasta ahora no he sido tu amigo, cuando vaya, ¿me dejarás entrar?

Pero, ¿qué me pasa? ¿Lloro? Dios mío, mira lo que me ha pasado. Sólo ahora he comenzado a ver con claridad… Dios mío, me voy… Será difícil regresar. Qué raro, ahora la muerte no me da miedo». (Traducción realizada por Jesús Colina)

El hombre, que según la ley de la naturaleza está «condenado a la muerte», que vive con la perspectiva de la destrucción de su cuerpo, vive, al mismo tiempo, con la mirada puesta en la vida futura y como llamado a la gloria.

La solemnidad de Todos los Santos pone ante los ojos de nuestra fe a todos aquellos que han alcanzado la plenitud de su llamada a la unión con Dios. El día que conmemora los Difuntos hace converger nuestros pensamientos hacia aquellos que, dejado este mundo, esperan alcanzar en la expiación la plenitud de Amor que pide la unión con Dios.

Se trata de dos días grandes para la Iglesia que, de algún modo, «prolonga su vida» en sus santos y también en todos aquellos que por medio del servicio a la verdad y el amor se están preparando a esta vida.

Conmemorar a los fieles difuntos es recordar que nuestra vida no le pertenece a la muerte sino a Dios y que la vida irrumpe desde las profundidades de cualquier sepulcro porque le pertenece al Señor, a Jesús que nos invita a resucitar cada día con él y a no comprometernos con la muerte. Es la resurrección la confirmación de que Jesús no fue abandonado por el Padre, sino el firme reconocimiento de que siempre estuvo a su lado. Ese es el mismo reconocimiento que nos dice que los que se sienten abandonados en el mundo realmente no lo están porque los ojos del Padre están siempre con ellos.

La solemnidad de Todos los Santos comenzó a celebrarse en torno al año 800. Es celebración que resume y concentra en un día todo el santoral del año, pero que principalmente recuerda a los santos anónimos sin aureola ni imagen reconocible en los retablos o altares. Son innumerables los testigos fieles del Evangelio, los seguidores de las Bienaventuranzas. Hoy celebramos a los que han sabido hacerse pobres en el espíritu, a los sufridos, a los pacíficos, a los defensores de la justicia, a los perseguidos, a los misericordiosos, a los limpios de corazón.

¿Quienes son los santos? Son esa multitud innumerable de hombres y mujeres, de toda raza, edad y condición, que se desvivieron por los demás, que vencieron el egoísmo, que perdonaron siempre. Santos son los que han hecho de su vida una epifanía de los valores trascendentes. Quienes buscan a Dios lo encuentran con facilidad humanizado en los santos. Santidad es tener conciencia efectiva de ser hijo de Dios. Es seguir a Cristo desde su propia circunstancia ordinaria de la vida; desde su nación, raza, lengua y cultura, en los días felices y cuando la tribulación arranca lágrimas del corazón; en la soledad del claustro de un convento o en el vértigo tormentoso de la ciudad; en la buena y en la mala salud. Es una aventura, un riesgo que vale la pena correr, con miras a alcanzar la corona del triunfo, la Meta a la que Dios mismo nos llama.