Píldora de Meditación 448

La oración nos va develando la verdad sobre nosotros mismos.

Los seres humanos solemos tener una máscara hacia fuera, hacia los demás:  generalmente, mostramos lo que no somos.  Hacia adentro, hacia nosotros mismos, solemos engañarnos:  creemos lo que no somos.  Sólo en la oración descubrimos la verdad sobre nosotros mismos: Dios nos enseña cómo somos realmente, como nos ve Él.

La oración nos abre los ojos para comprender las Escrituras, interiorizarlas y hacerlas vida en nosotros.  Ella nos cura del “síndrome de Emaús”.

En el silencio de la oración nos encontramos con Dios y nos reconocemos sus creaturas, dependientes de Él, nuestro Padre y Creador, nuestro principio y nuestro fin.

En el silencio de la oración somos como ramas de la vid que es el Señor, porque nos nutrimos de la savia misteriosa que son las gracias que necesitamos y que Dios nos concede, especialmente en los momentos de oración.

La oración va conformando nuestro ser a esa forma de ser y de pensar divinas: nos va haciendo ver las cosas y los hechos como Dios los ve. Ver el mundo con los ojos de Dios.

En el silencio Dios se comunica mejor al alma y el alma puede mejor captar a Dios.  En el silencio el alma se encuentra con Dios y se deja amar por Él y puede amarle a Él. En el silencio el alma se deja transformar por Dios, quien va haciendo en ella su obra de «Alfarero», moldeándola de acuerdo a su voluntad (cfr. Jer 18,1-6). La oración nos va haciendo conformar nuestra vida a los planes que Dios tiene para nuestra existencia.

La oración nos va haciendo cada vez más «imagen de Dios», nos va haciendo más semejantes a Cristo. La oración nos va develando la Verdad, sobre todo la verdad sobre nosotros mismos:  nos muestra cómo somos realmente, cómo somos a los ojos de Dios. Como decía San Juan Pablo II, “El hombre no puede vivir sin orar, lo mismo que no puede vivir sin respirar”.

“Es necesario que encontremos el tiempo de permanecer en silencio y de contemplarle a Él y contemplar la obra de sus manos, la creación entera, pues, es en el silencio del corazón, en el sagrario de Dios, donde Él habla al objeto de su Amor, el hombre y la mujer que abren las puertas para que Él pueda entrar. 

El Señor nos recomendó: “Oren y velen para no caer en la tentación…” y así poder aportar Luz, Verdad, Vida, Fe y Esperanza, a nuestro mundo que necesita mucha oración. 

La oración nos despierta el anhelo de Cielo, los deseos de eternidad y la esperanza en las realidades últimas. Asimismo, la oración no nos deja desentendernos de las realidades terrenas y nos impulsa a la acción y al servicio a Dios, en los hermanos.  

Ante todo, como cristianos debemos crecer en el Señor. Abramos siempre más y más nuestro corazón a Cristo. Acojamos su presencia misteriosa y fecunda. Cultivemos la intimidad con Él en ese encuentro que cambia la vida. “Conozcamos el amor de Cristo, que sobrepasa todo conocimiento, a fin de que seamos llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef 3,19). Así actuaremos mejor en medio del mundo.

Ese crecimiento en el Señor, ese crecimiento hacia la plenitud de Dios no puede darse sin la oración, sin ese encuentro personal que cambia la vida, con la ayuda de los frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, generosidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia…” (Gál 5,22-23).

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