(XXXI° Dom. Ord. C 2022)

Libro de la Sabiduría (Sab 11,23-12,2)

“Señor, el mundo entero es ante ti como un grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra. Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado.

Y ¿cómo subsistirían las cosas si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. En todas las cosas está tu soplo incorruptible. Por eso corriges poco a poco a los que caen; a los que pecan les recuerdas su pecado, para que se conviertan y crean en ti, Señor.”

Salmo Responsorial (Salmo 144)

R/. Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey.

Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día te bendeciré,
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad,
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas.

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.

Segunda Carta de san Pablo a los Tesalonicenses (2Tes 1,11-2,2)

“Hermanos: Siempre rezamos por ustedes, para que nuestro Dios les considere dignos de su vocación; para que con su fuerza les permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe: y para que así Jesús nuestro Señor sea su gloria y ustedes sean la gloria de él, según la gracia de Dios y del Señor Jesucristo. Les rogamos a propósito de la última venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestro encuentro con él, que no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras: como si afirmásemos que el día del Señor está encima.”

Aleluya

Aleluya, aleluya.

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único. Todos los que creen en él tienen vida eterna.”

Aleluya

Evangelio de san Lucas (Lc 19,1-10)

“En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.

Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:

– Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.

Él bajó en seguida, y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo:

– Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor:

– Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.

Jesús le contestó:

– Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.”

Reflexión

En la actualidad vivimos una sociedad del placer sin frenos, de los derechos sin obligaciones, del dinero sin trabajar, de la corrupción sin penas, del divorcio sin firmas, del amor sin rostro… una sociedad cada día menos cristiana. Y en medio de ella tenemos que vivir como verdaderos cristianos. Ustedes han podido o podrán comprender que esto no es nada fácil. Ante esta situación quiero recordarles estas frases del Señor Jesús: “Les digo estas cosas para que tengan paz en mí. Tendrán tribulaciones, pero tengan ánimo que yo ya he vencido al mundo” (Jn 16, 33). “No te pido Padre que los saques del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn 17,15).

La enseñanza de la Liturgia católica de estos domingos nos está regalando una palabra fantástica para transformarnos y enseñarnos a superar los obstáculos.

El sabio de Israel nos hace ver cómo el ojo pesimista tropieza con un mundo todo opaco, mientras el ojo del sabio lo ve todo con amor y lo encuentra transparente hacia el Amor de Dios. El mismo mal le remite a la Misericordia. El Amor de Dios ofrece a lo malogrado la oportunidad de rehacerse; el impulso que toda criatura lleva dentro para realizarse, apunta a la fuente de la Vida y a la fuente del Amor (cfr. Sab 11,23-12,2).

En algunos momentos de la historia como el que estamos viviendo, suelen surgir por diferentes medios predicadores que se presentan unos como salvadores y otros como “visionarios” que asustan hablando del fin del mundo. Esto sucedió con la aparición del llamado “milenarismo”, actitud fanática de algunos cristianos que creían que la segunda venida de Cristo ya era inminente y que, por lo tanto, era inútil trabajar y organizar esta vida terrena en orden a mejorarla y otras actitudes. San Pablo en su segunda Carta a los Tesalonicenses ya condena aquí esta actitud (cfr. 2Tes 1,11-2,2).

Ahora, estamos alegres porque Dios nos ama de verdad, porque Él nos ha creado, como nos lo dice la lectura del Libro de la Sabiduría. Esta realidad nos impulsa a alabar a Dios, nuestro Creador y nuestro Padre.

San Lucas narra en el evangelio, que Jesús está en Jericó, cerca ya de Jerusalén. Es la última etapa del último viaje. Y Jesús tiene que enfrentarse al último obstáculo de su vida: la pasión y la cruz. Un obstáculo grande superado con un gran Amor.

Y allí en Jericó sucedió algo que, desde entonces, sucede todos los días: la Misericordia de Dios manifestada en Jesucristo y la respuesta de un hombre llamado Zaqueo, imagen de lo que somos cada uno de nosotros: bajos de estatura, pequeños ante Cristo.

La salvación de Zaqueo por Jesús comienza con el deseo, casi infantil, desafiante de respetos humanos, de subirse a un árbol para ver a Jesús.

Jesús mira a Zaqueo y Zaqueo mira a Jesús. Es el encuentro, el flechazo, la casa abierta, la mesa compartida, la palabra escuchada, la conversión ansiada, la salvación ofrecida.

Zaqueo era rico y un pecador como el publicano de la parábola del domingo anterior. Él era un publicano usurero que deseaba ver a Jesús, quizás movido por la fama y los milagros que hacía a su paso por las aldeas. Sin embargo, no alcanzaba a verle porque era bajo de estatura. Entonces sube a un árbol que se encontraba en el camino por donde iba a pasar Jesús. Este árbol es signo del árbol de la cruz. Nosotros no podemos ver realmente a Jesús si no creemos en su cruz, que es «motivo de escándalo para los judíos y locura para los gentiles».

La muchedumbre que impedía a Zaqueo ver a Jesús, es semejante a la situación de nuestra actual sociedad, marcada por el materialismo, el lujo y confort exagerados, la vida fácil, la enajenación en los vicios y las drogas, etc., a la que nos referíamos al inicio de esta reflexión. Si queremos ver realmente a Jesús debemos subir al árbol de la fe como lo hizo Zaqueo, pues, como sabiamente dice San Ambrosio: «Ninguno puede ver a Jesús si se queda en la tierra».

Y ahí está Zaqueo haciendo lo imposible por ver a Jesús, a un Jesús que no conoce, pero al que quiere conocer.

Jesús toma la iniciativa: «Zaqueo, baja porque quiero hospedarme en tu casa». Así como Cristo llamó a Zaqueo por su disposición de ánimo y diligencia puesta para ver a Jesús, Dios no niega su gracia a quien pone todo de su parte para alcanzarla.

Cristo, con las palabras «baja enseguida», se refiere a la prisa con que Zaqueo subió al árbol. «Como te apresuraste a subir al árbol, date prisa a bajar para recibirme». Esto es igual que: «como te dispusiste a mi gracia, así también recíbela».

Y Jesús, el amigo de los que nadie ama, se hospedó en su casa y le dio la salvación. Los pecados de Zaqueo, el gran obstáculo para ver a Jesús, también han sido superados. Jesús derriba cualquier muro o tapia y limpia el pecado para poder encontrarnos con él, si estamos interesados en encontrarnos con Él.

Zaqueo fue un hombre con suerte. Y la aprovechó de inmediato. Tuvo su oportunidad y como pudo subió al árbol. Tuvo sus obstáculos físicos y morales y los superó. Fue obra de Dios, claro, pero él no se cerró a la acción de Dios. Quiso ver a Jesús y se dejó mirar por él. En esas miradas nació el amor.

La salvación de Dios está presente en el movimiento inicial de búsqueda. El Dios «amigo de la vida y del perdón», infunde a todo lo creado «un soplo incorruptible de vida».

Una capilla, un templo o una catedral, es una casa donde los pecadores nos encontramos con Dios. Allí nos reunimos porque en nosotros hay un querer ver, conocer y un deseo de mejorar nuestra forma de vivir nuestra fe cristiana. Pero, no perdamos de vista quién despertó la curiosidad en Zaqueo: la persona y la predicación del Señor.

Y a ti ¿quién va a despertar tu curiosidad, tu querer ver a Jesús? La Palabra de Dios en este domingo. Como Zaqueo, te invito a responder a la gracia, sin tardanzas, sin reservas, sin excusas, sin exigencias y de inmediato, teniendo en la mira estas palabras de Jesús: “ninguno que echa mano al arado y vuelve la vista atrás es grato para el reino».

En lo profundo de tu corazón el Señor te está diciendo: «Hoy quiero hospedarme en tu casa». Jesús quiere entrar en tu casa, en tu vida, en tu intimidad. Él está tocando a la puerta. ¿Qué está sucia? ¿Qué está ocupada por otro? no importa. Ábrele la puerta. Él ha venido a entrar en la casa de los pecadores. Él te trae la salvación y el perdón de tus pecados y te da la fuerza para superar los obstáculos físicos y morales que te impiden verlo.

Al final del Encuentro con el Señor, Zaqueo no mencionó el pago del diezmo, ni los ayunos, como sí lo hizo el fariseo, sino sólo la restitución de lo que hubiera defraudado y las limosnas a los pobres. Lo que pudiera parecer cierta vana ostentación no es sino explicación de su vida pasada ante el Maestro, para que juzgue si había algo que corregir en ello. Zaqueo da cuatro veces más, por abundancia de su caridad. Zaqueo entregó el dinero robado.

¿Y tú qué tienes para entregarle?