(Meditación del Viernes Santo 2022)

¡Cuántas veces, queridos hermanos, nos hemos reunido para celebrar el Viernes Santo! Desde pequeños hemos visto la imagen de Jesús crucificado: como entrega y donación para reconciliar al mundo con el Padre, para hacer la unidad entre los hombres, enfrentados, divididos, separados. Hoy volvemos a reunirnos de manera sencilla y en familia para orar. No para llorar, no simplemente para recordar, sino para hacer nuestra la Pasión de Jesús, que une su sufrimiento al sufrimiento de toda la humanidad. ¡Cuánta angustia y cuándo dolor y desolación en muchos lugares del mundo y en millones de personas! Nos reunimos para celebrar con esperanza y alegría esta donación de Cristo que hace la unidad de los hermanos.

Los sentimientos que deben primar hoy en esta celebración del Viernes Santo son el amor, la alegría, la actualidad.

¡El amor! Lo que da sentido a la Pasión de Jesús y a su Muerte, es precisamente su obediencia de Amor al Padre, para el servicio redentor de toda la humanidad. Es el Amor al Padre: «Para que sepa el mundo que yo amo al Padre y conforme al mandamiento que me ha dado, así lo hago» (Jn 14,31). Así anunció Jesús su partida para la cruz. La Pasión de Jesús sólo se entiende desde esta profundidad de obediencia amorosa de Jesús al plan del Padre. ¡El Padre lo quiso así!

El Padre Eterno nos Ama de tal manera, que no perdonó a su propio Hijo y lo condujo a la muerte en la cruz. Ese Amor de Cristo es el que hizo exclamar a san Pablo: «Me amó y se entregó a la muerte por mí» (Gál 2,20). Por esto, hoy no puede permanecer en nosotros el rencor, el odio, la soberbia, la venganza, la violencia; hoy tiene que primar en nosotros la presencia de su Amor. Ni siquiera debe haber en nosotros la memoria de un Judas que traicionó y entregó al Señor, ni de un Pedro que por debilidad lo negó. Hoy triunfa el Amor de Cristo que le dice al Padre: «Sí, Padre, porque esta ha sido tu voluntad. Yo tengo que entregarme para salvar a hombres y mujeres y hacerlos libres». Es el Amor de Cristo que nos libera, que nos salva. Y este Amor es el que la humanidad actual no quiere aceptar.

¡La alegría! El Viernes Santo es un día de profundidad, de recogimiento, de reflexión y oración, de participación muy honda en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Hoy comienza la Pascua. Esta es la hora para la cual Jesús había venido al mundo. Es la hora que Él padece intensamente como hombre, pero que vive para la reconciliación de toda la humanidad con el Padre y de todos los seres humanos entre sí. Es la hora que Él desea ardientemente: «Tengo que ser bautizado con un bautismo de sangre y cómo padezco hasta que se cumpla» (Lc 12,50). Ciertamente es la hora que teme, pero para esta hora ha venido al mundo.

Este es un día de fiesta, un día de gloria, un día de alegría, de una alegría muy honda y muy austera. Como tiene que ser siempre la alegría del cristiano; no la alegría de las vacaciones, la alegría de la superficialidad y del ruido, del bullicio o la dispersión, sino la alegría del perdón, la alegría del Amor, la alegría de la Reconciliación.

No basta que celebremos hoy la Pasión. Tenemos que hacerla nuestra. Hoy la Pasión de Jesús tiene que hacerse nuestra. En este mundo sometido al dolor y a la angustia, tenemos que descubrir que la cruz del Señor se prolonga en el sufrimiento, en el dolor y en la muerte de la humanidad, en mí y en mi familia, en nuestros hermanos, en los pueblos, en la historia. Hoy Cristo prolonga su Pasión en hombres y mujeres del mundo entero, sin distingo alguno, donde todos somos iguales. Por esto tenemos que gritar también como San Pablo: «Me glorío en este sufrimiento por ustedes, porque así voy completando lo que falta a la pasión de Cristo» (Col 1,24).

Que la celebración de la Pasión de Jesús, sea de mucha intensidad de Amor, mucha profundidad de Alegría, mucho compromiso de actualidad.

Hoy nos reunimos en el templo para rezar, para meditar y hacer nuestra la pasión del Señor. Hoy, cada uno debe sentir profundamente y desear que nuestro corazón cambie, que podamos descubrir que Jesucristo vive en la historia, que comprometa nuestra fe para aliviar el sufrimiento de nuestros hermanos tocados por el dolor y el sufrimiento.

Por otra parte, la celebración Litúrgica de la Pasión del Señor, comprende cuatro partes:  Liturgia de la Palabra, la Oración Universal de la Iglesia, la Adoración de la santa Cruz y la Comunión Eucarística.

El Viernes Santo escuchamos el relato de la Pasión del Señor que nos presenta el texto del evangelio de San Juan (cfr. Jn 18,1-19,42), el Apóstol a quien Jesús amaba, aquel que pudo entender más “qué es el Amor”, porque reclinó su cabeza en el corazón misericordioso y tierno de Jesús en la Última Cena, la Cena de la amistad. Esta Pasión del Señor todos los cristianos la revivimos la tarde del Viernes Santo. Recordemos tres aspectos de la Pasión de Jesús.

El primer momento de la pasión de Cristo, es la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos. Cristo que va al lugar de la soledad para orar. Porque cuando uno sufre necesita estar solo, necesita orar, necesita también la presencia o compañía espiritual de los amigos. Cristo fue con sus discípulos al Huerto de Getsemaní, al huerto de la Agonía y sufre intensamente. Sudó sangre porque el dolor es agudo y Cristo es profundamente humano. Le gritó al Padre simplemente -miren qué oración tan simple, tan plena, tan intensa y al mismo tiempo tan filial-: «Padre, no aguanto más, no doy más, yo he deseado esta hora, pero ahora que ha llegado no puedo más. Si es posible que pase este cáliz. Sin embargo, Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya». Esta es la oración de Jesús en «el momento crucial, difícil, duro, de su Pasión. Necesitaba orar, necesitaba estar solo y necesitaba la compañía espiritual de los amigos. Por eso le dolió tanto, cuando fue a encontrarse con sus amigos los apóstoles a quienes había pedido que le acompañaran y los encontró dormidos.

Hermanos: cuando tengamos que sufrir, – ¿cuándo no sufrimos? – para los momentos más duros de nuestra vida, cuando el dolor penetra profundamente en nuestro corazón, se requiere: soledad, oración y presencia espiritual de los amigos. Esto es lo que requiere toda la humanidad sufriente.

El segundo momento de la pasión de Jesús es el juicio injusto al Señor. ¡Qué tremendo! Pilatos que tres veces dice en público: «Yo no encuentro culpa en Él», se lava las manos: «hagan ustedes». Y lo condenan. Se levantan falsos testigos y unos lo acusan ante el tribunal civil: «éste estuvo sublevando a la multitud, a éste hay que condenarlo». Ante el tribunal religioso dicen: «éste se ha llamado Hijo de Dios, éste es un blasfemo, a éste hay que matarlo». Todo el mundo se lava las manos. Los judíos se disculpan afirmando que no pueden entrar en el pretorio para no mancharse, para no contagiarse y envían a Jesús a los romanos, para que ellos lo maten. Los romanos, lo devuelven a los judíos, con la disculpa que ese problema no les incumbe y que ellos se arreglen, además, porque Jesús es judío. ¡Qué fácil es acusar a una persona y después perderse en el anonimato y lavarse las manos! Esta etapa del misterio de Jesús: Cristo es injustamente acusado, se prolonga en la historia y lo revivimos cada día por causa de la corrupción, el deseo de poder y la soberbia, la violencia y la injusticia, en todas las regiones de la Tierra, en quienes tienen como oficio sagrado el ejercicio de la justicia.

El tercer momento de la Pasión del Señor es la actitud de Cristo cuando se abraza a la cruz, y la lleva sobre sus hombros caminando hacia el Calvario. Hace algún tiempo revivimos todo esto en Jerusalén caminando por la Vía Dolorosa que recorrió Jesús, la calle de la amargura; llegamos hasta el lugar de la crucifixión, donde participamos en la Eucaristía y bajamos al sepulcro. Es el sitio de la crucifixión del Señor en el Calvario. Allí Cristo murió, pero después de decir: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Allí Cristo murió, habiendo asegurado al ladrón arrepentido: «hoy estarás conmigo en el paraíso». Allí Cristo murió, con su conciencia serena y tranquila por la Obra realizada: «toda la obra está terminada, todo se ha cumplido». Allí Cristo murió rezando: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Allí Cristo murió regalándonos lo más grande que tenía: «hijo, aquí tienes a tu madre». ¡Qué serena, qué fuerte, que fecunda la muerte de Jesús!

Terminada la oración solemne universal por la Iglesia y por todos los hombres necesitados de su misericordia, se inicia la ceremonia de la Adoración de la Cruz, que es la parte central de toda la celebración del Viernes Santo.

Es la cruz de la reconciliación, la cruz de la glorificación, la cruz de la fecundidad, que cada persona la adora. No la adora como quien simplemente recuerda una cosa, sino como quien la desea de corazón y la revive. Este es un momento singular en el que podemos decirle a nuestro Señor: «Señor, esa cruz es mía, es nuestra. Yo soy responsable de esa cruz. Esa cruz me alivia, me regenera, me hace fuerte, hace fecunda mi vida y la transforma. Señor, esa cruz es la que yo descubro que se prolonga cada día en mí, en mi familia, en mis hermanos en la fe, en los pueblos, en las enfermedades, en el trabajo, en la historia. Adoro tu cruz, Señor, porque adoro tu presencia, tu donación, tu Amor, tu amistad que nos abraza».

Ahora, oremos y digámosle a nuestro Señor Jesucristo: «Señor, no entendemos humanamente el misterio de la cruz. Pudiste haber elegido un camino más fácil para nosotros que tenemos que seguir después tu ruta; pudiste haber elegido un camino que estuviera más de acuerdo con nuestra debilidad, con nuestra fragilidad. Sin embargo, Señor, has querido el camino extremo de la cruz. Y en la cruz te nos das, te nos entregas. ¡Gracias, Jesús, por la cruz!».

Esta cruz es la glorificación del Padre. Es el momento máximo de la vida de Jesús, en que Él glorificaba al Padre porque el mundo quedaba redimido y en el corazón de los seres humanos se encendía la luz. En nuestra alma entraba la gracia y volvíamos a ser amigos del Padre.

¡La cruz! es la cruz de la reconciliación. Otra vez la humanidad vuelve a la amistad con el Padre. «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo por su sangre». Hoy recordamos todo esto. Por eso no podemos meditar en la Pasión de Jesús, no podemos adorar la cruz, sin sentir un deseo muy hondo de volver firmemente al Padre y decirle: «Padre, yo pequé contra el cielo y contra ti, no merezco que me llames y me trates como hijo, pero recíbame Padre en tus brazos, porque Jesús ha muerto para reconciliarme contigo».

Luego viene la reconciliación entre los hermanos. Cristo muere para hacernos hermanos. En el mismo momento en que Jesús muere, se quiebra la piedra como queriéndonos decir, rompan el muro de la división existente entre ustedes. Es como gritarnos a cada uno: ¿por qué se pelean? ¿Por qué discuten? ¿Por qué destruyen y alteran el orden y el equilibrio de la naturaleza? ¿Por qué viven encerrados en el egoísmo, en la soberbia, en la enemistad y en el odio? ¿No saben que todos son hijos de un mismo Padre? ¿No saben que sobre todos cayó la misma sangre que los hizo hermanos? ¿Por qué viven en la violencia y en la injusticia y no se funden en el Amor y la Justicia que los establece en la paz verdadera?».

Esa cruz ilumina nuestra cruz, es la cruz que estamos padeciendo hoy. No sabemos cuál es la cruz de cada persona, pero todos tenemos una cruz. Cuántas veces ingenuamente decimos: «quién fuera como los niños que no sufren». ¿Cómo que no sufren? ¿Hay alguien que llore más que un niño? Quiere decir que también ellos tienen una intensidad de sufrimiento que los adultos no alcanzamos a entender. También para ellos hay una cruz. Nosotros, personas adultas, sabemos cuál es nuestro sufrimiento, cuál es nuestra Cruz.

Ahora digamos: «Señor, gracias por esta cruz, gracias por nuestra cruz, gracias por la cruz de nuestra familia y la de todas las familias, la que le has dado al Papa Francisco, a los obispos, a los religiosos y presbíteros, la que das a nuestro pueblo. Señor, te agradecemos esta cruz, porque sin ella no habría redención, no habría fecundidad, no habría Pascua. Lo que te pedimos en esta tarde del Viernes Santo, Señor, es que nos des un corazón sereno, fuerte como el de Nuestra Señora y que esta cruz resulte verdaderamente luminosa y fecunda para los demás: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere, entonces es cuando produce fruto» (Jn 12,24). Gracias, Dios de misericordia, porque llegará el momento en que desapareceremos, tenemos la seguridad de que fructificará la familia, la Iglesia, que nacen de la Pascua, y se dará la reconciliación entre todos los seres humanos y entre éstos y la naturaleza y volverá el orden, el equilibrio, con el que habías creado el universo entero. ¡Qué bueno es morir como Jesús, si los seres humanos nos hacemos más hermanos!