(XXIX° Dom. Ord. C 2022)

Libro del Éxodo (Ex 17,8-13)

“En aquellos días, Almalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín. Moisés dijo a Josué:

– Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte con el bastón maravilloso en la mano.

Hizo Josué lo que le decía Moisés y atacó a Amalec; Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima del monte. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la bajada, vencía Amalec. Y como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo para que se sentase: Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado.

Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derroto a Amalec y a su tropa, a filo de espada.”

Salmo Responsorial (Salmo 120)

R/. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
el auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Segunda Carta de san Pablo a Timoteo (2Tim 3,14-4,2)

“Querido hermano:

Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado; sabiendo de quién lo aprendiste, y que de niño conoces la Sagrada Escritura: ella puede darte la sabiduría que por fe en Cristo Jesús conduce a la salvación. Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud: así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.

Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta con toda comprensión y pedagogía.”

Aleluya

Aleluya, aleluya.

“La palabra de Dios es viva y eficaz, juzga los deseos e intenciones del corazón.”

Aleluya.

Evangelio según san Lucas (Lc 18,1-8)

“En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:

– Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”; por algún tiempo se negó; pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.”

Y el Señor respondió:

– Fijaos en lo dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Les digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”

Reflexión

Según el Libro del Éxodo (Ex 17,8-13°), cuando Moisés alzaba las manos, el pueblo de Israel era más fuerte en la batalla. Este texto sirve para ilustrar con un ejemplo del Antiguo Testamento el tema de la oración continua e insistente, proyectada hacia la lectura del evangelio de san Lucas que se hace en este domingo. Se insiste también en el hecho que sin la oración no se obtiene la victoria, iluminando un fundamental tema del Nuevo Testamento: el pueblo de Dios no puede cumplir su misión si no le pide continuamente ayuda a Él en la oración.

San Pablo está preparando a su discípulo Timoteo, de una manera muy esmerada, para que siga sus pasos de mantener el Depósito de la fe, y le insiste: “El hombre de Dios debe ser perfecto y estar dispuesto a hacer siempre el bien” y le traza una clara línea de conducta:

* “Huir de los herejes y no dejarse contaminar de sus malos ejemplos (3,1-9);

* Sostenerse con el ejemplo recibido del apóstol Pablo (3,10-12), permaneciendo fiel a la enseñanza tradicional (3,14; 2,2);

* Nutrirse con las Santas Escrituras, arma eficaz para combatir la    herejía, corrigiendo, instruyendo y convenciendo a las personas, para que vivan según Dios y alcancen la salvación (2Tim 3,14-4,2).

La idea central del texto del evangelio de san Lucas (Lc 18,1-8), que leemos en este domingo, es esta: Dios hará justicia a sus elegidos que gritan o suplican a Él.

Entonces, ¿cómo hacerlo? ¿Cuándo orar? La respuesta es bien precisa y clara: ¡siempre, sin cansarse! Es una respuesta que Lucas ha aprendido de san Pablo (1Tes 5,17; Ef 6,18; 2Tes 1,11; Col 1,3; etc.) y que ahora ilustra con una parábola del Señor. La enseñanza es fácil: Si el hombre más inicuo cede frente a una súplica insistente, ¿Dios, que es Bueno, no escuchará y salvará a quien lo invoca día y noche?

El tiempo de la tensión de la última venida de Cristo, es el tiempo de la fe y de la oración. «El Hijo del hombre, cuando venga, encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18,8). Hay una intimidad entre fe y oración. Si es cierto y verdadero que para orar es necesario creer, es también verdadero que para creer es necesario orar. La oración perseverante es expresión y nutrición de la fe en Dios. Es un grito que nace de nuestra pobreza.

Una vía privilegiada para recuperar la dimensión más auténtica de la propia vida es constituida por el tiempo dedicado a la oración. Orar es establecer un diálogo íntimo con Dios y con nosotros mismos; es escuchar la Palabra del Señor que va dirigida a nosotros y que nos transforma; es meter en nuestra vida la fuerza de la renovación del Espíritu.

La oración cristiana antes que palabra implorante es silencio profundo para escuchar y acoger en sí la palabra de Dios. De la misma manera que las personas entran en comunión escuchándose, nosotros entramos en comunión con Dios y nos disponemos a hacer su voluntad escuchándolo. Así, orar es hacer silencio para escuchar a Dios.

Como la fe, también la oración nace de la escucha: es una respuesta vital y verbal. La oración puede asumir varias formas ya conocidas: una acción de gracias, una contemplación plena de admiración, una profesión de fe, una declaración de esfuerzo, una pregunta, una petición…

La oración de petición es una respuesta a la invitación de Cristo a «orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1). Pero ¿cuál es el significado de la oración de petición? No es pretender que Dios nos haga aquello que debemos hacer nosotros. La oración de petición es reconocer el límite de la condición humana, es constatar que la liberación total y la plena realización de sí no dependen únicamente del hombre o de la mujer, pues, nadie puede salvarse a sí mismo. En la oración de petición manifestamos a Dios «todas» las necesidades y deseos propios y las ponemos bajo su luz. No olvidemos este principio: el hombre es verdaderamente lo que pide. La solicitud espontánea que brota de nuestro corazón y elevamos a Dios, es honrarle y alabarle.

La oración de petición es signo de confianza en Dios. Cuando estamos seguros que una persona nos quiere verdaderamente bien, acudimos a ella y con espontaneidad le pedimos de lo que tengamos necesidad y que es bueno. San Juan define la fe como «creer al amor de Dios por nosotros». Y bien, el creyente tiene una fe tan grande en Dios, que le impulsa a pedirle con sencillez aquello que necesita y que sabe que Dios le escucha.

La parábola del juez inicuo y de la viuda obstinada reclama la necesidad de orar sin desfallecer. El Señor puede tardar y parecernos sordo y desentendido a todas nuestras súplicas, pero Jesús nos dejó este sencillo y poderoso argumento: si un juez inicuo finalmente decide hacer justicia a la viuda, cuánto más Dios que es justo y misericordioso, que es nuestro Padre, escuchará nuestro grito de auxilio.

La oración cristiana no es una solicitud de intervención inmediata de Dios, no es una fórmula mágica que resuelve los problemas. Tenemos que adherirnos y aceptar la libertad y la paciencia de Dios.

Jesús nos dice que Dios no solo nos dará aquello que pedimos, sino al Espíritu Santo para comprender el significado de aquello que nos capacita para que podamos ser sus testimonios. «Si ustedes que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más nos dará nuestro Padre. Él dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan» (cfr. Lc 11,13).

El ejemplo de la oración de petición es aquella de Jesús en Getsemaní: «Padre, si deseas, ¡aparta de mí este cáliz! Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). La oración de petición del creyente no es «forzar» a Dios a hacer la mi propia voluntad, no es utilizarlo para que cumpla mis deseos. Es obtener la gracia de conformar mi propia voluntad a la de Dios, pues, Él es el único que sabe lo que es verdaderamente bueno para para nuestro diario caminar hacia la casa del Padre.

La oración de petición, cuando es auténtica, es fuente de vitalidad y fuerza para comenzar a hacer aquello que pedimos. Orar por la paz, impulsa a exigirnos a trabajar por la paz; orar para que cesen los sufrimientos, nos impulsa a ayudar al que sufre… «Quien ora se hace primero que todo oyente a la palabra de Dios, para estar dispuesto en la fe a acoger la llamada que viene de él.

La oración manifiesta al mismo tiempo la esperanza en el futuro de Dios, que la oración de cualquier modo anticipa y promueve. Da también un testimonio de caridad tan estricto que une a aquel que ora a Dios. Participa en fin a la vida del mundo, porque se siente comprometido en todo lo que hace venir el Reino. En tal modo la oración es el acto más significativo del vivir cristiano».