(XXXII° Dom. Ord. C 2022)

Lectura del segundo Libro de los Macabeos (2Mac 7,1-2.9-14)

“En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigo y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley.

El mayor de ellos habló en nombre de los demás:

– ¿Qué pretendes sacar se nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.

El segundo, estando para morir, dijo:

– Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.

Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo enseguida y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente:

– De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.

El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.

Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba a la muerte, dijo:

– Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú en cambio no resucitarás para la vida.”

Salmo Responsorial (Salmo 16,1. 5-6. 8b y 15)

R/. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío,
inclina el oído y escucha mis palabras.

A la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante.

Lectura de la segunda Carta de san Pablo a los Tesalonicenses (2Tes 2,15-3,5)

“Hermanos: Que Jesucristo nuestro Señor y Dios nuestro Padre -que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza- les consuele internamente y les de fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Por lo demás, hermanos, recen por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre ustedes, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados; porque la fe no es de todos.

El Señor, que es fiel, les dará fuerzas y les librará del malo. Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplen y seguirán cumpliendo todo lo que les hemos enseñado.

Que el Señor dirija su corazón, para que amen a Dios y esperen en Cristo.”

Aleluya

Aleluya, aleluya.

“Jesucristo es el primogénito de entre los muertos; a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.”

Aleluya.

Evangelio de san Lucas (Lc 20,27-38)

“En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección [y le preguntaron:

– Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muerte su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último, murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.]

Jesús les contestó:

– En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob.” No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.”

Reflexión

La fe en la resurrección es afirmada por primera vez en la historia del pueblo de Israel, en el texto del Libro de los Macabeos (2Mac 7,1-2.9-14). La experiencia de la muerte de tantos justos, en la persecución de Antíoco, hizo nacer la esperanza en la resurrección. El texto que hoy leemos del Libro de los Macabeos relata el martirio de los siete hermanos que murieron con la firme esperanza de resucitar todos juntos. Los males que sufren los fieles de Dios en esta vida tienen explicación si se espera la recompensa que Dios mismo otorgará en la vida eterna. Se tiene así la doctrina de la inmortalidad, que se desarrollará después en el ambiente greco bíblico sin relación con el cuerpo (cfr. Sb 3,1-5,16). Pero para el pensamiento hebreo, que no distingue entre alma y cuerpo, es necesario referirla a la totalidad del hombre, que comprende también su exterioridad, su cuerpo.

En este domingo continuamos con la lectura de la Carta a los Tesalonicenses (2Tes 2,16-3,5), la oración de san Pablo por los cristianos de Tesalónica en tensión escatológica, pues ellos se encontraban atravesando duros sufrimientos. Los enemigos querían arrebatarles la fe y Pablo los exhorta para que se mantengan firmes. Los sufrimientos de la vida ordinaria amenazan la fe, sin embargo, tenemos que permanecer constantes. Pero ¿por qué orar? Porque el cristiano está convencido que no puede por sí solo acceder a la salvación, que es un don de la fidelidad de Dios. El cristiano alcanza la salvación haciendo el bien, con la gracia de Dios obtenida en la oración.

El evangelio de san Lucas (Lc 20,27-38), que hoy leemos, trata el tema de la resurrección de los muertos que ya resonó en la primera lectura. Está dentro de la controversia de Jesús contra los dirigentes, poco antes de su pasión y muerte. La cuestión presentada por los saduceos es la misma que los corintios le presentarán a Pablo después (1Cor 15,12): Pero ¿hay de verdad resurrección? La respuesta de Jesús no está fundamentada sobre la ciencia, sino sobre la fe: El Dios de Abraham es el Dios de los vivos y es tal porque dona la vida; y junto a ésta viene ofrecida una definición de la resurrección que no debe ser considerada una simple revivificación de un cadáver (cfr. 1Cor 15,50). Cristo explicó a los Saduceos que en la vida presente morimos, pero los hijos de Dios van a resucitar y vivir como los ángeles. Jesús subraya su doctrina sobre la resurrección con la frase final: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos». Ser en la resurrección significa no morir jamás. Ahora esta vida indefectible es ya germinalmente poseída por el cristiano, que es por esto hijo de la resurrección.

Mañana comenzamos a recorrer el mes de noviembre, dedicado a la intercesión por las almas de los difuntos: se abre con la solemnidad de Todos los Santos, que nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad ante Dios y a la salvación eterna; y al día siguiente prosigue con la conmemoración de los Fieles Difuntos, que instituyó el abad cluniacense San Odilón a inicios del siglo XI.

En el segundo Libro de los Macabeos se encuentran algunos textos en los que la Iglesia Católica fundamenta la creencia en las penas purgatorias, dogma de fe definido por el II Concilio de Lyon en 1274. Para pasar a contemplar la grandeza infinita de Dios, las almas deben estar limpias de toda mancha dejada por sus pecados. Nosotros podemos ofrecer nuestras oraciones, penitencias, limosnas y sobre todo la santa Eucaristía para que las almas que se encuentran en ese estado puedan pasar a disfrutar de Dios.

Hoy contemplamos la firme esperanza de los siete hermanos Macabeos en el premio eterno por su martirio en defensa de la fe. “Dios quiere que todos los hombres se salven”, dice San Pablo. Y Jesús nos habla de la inmortalidad, pues Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos”. Dios desea que todos podamos llegar a gozar de la visión de Él en el Cielo.

Los Macabeos son un ejemplo de martirio en tiempos de persecución religiosa. No tenían miedo a la muerte, porque creían en el premio eterno. Jesucristo ha culminado lo que ellos anticiparon y se ha convertido en el Gran Mártir de la Verdad y del Amor de Dios, la Víctima que se ha ofrecido al Padre para redimirnos del pecado y abrirnos las puertas del Cielo. Por eso todos los mártires han dado desde entonces su vida por Él y con Él.

Hoy vivimos tiempos difíciles para la fe en muchos lugares del mundo (Afganistán, Irán, Irak, Corea del Norte, China, India, África…) donde la muerte hace su aparición de forma más violenta y con mayor frecuencia, y el testimonio de los mártires debe servirnos de estímulo frente a la adversidad.

¿Qué será de nosotros después de la muerte? Es el problema fundamental de la existencia. ¿El futuro puede recuperar el aparente desfallecimiento de la existencia o también ratificar su inconsistencia y vanidad? ¿El futuro ayuda a clarificar u oscurecer el sentido de la existencia? Si la vida presente es todo, si no hay otra esperanza que la muerte, está claro que está perdido todo definitivamente.

No hay proyecto que pueda imponerse, si todos tienen un término. El progreso parece tener un final fatal y definitivo, si se concluye en la nada de la muerte.

El esfuerzo, el trabajo, la gloria tienen un valor si con él llega nuestra realización. Pero si con la muerte todo finaliza y nosotros no podemos gozar, no podemos sentarnos a la mesa para la que nos hemos sacrificado toda una vida, todo parece tener una inconsistencia radical.

Si el diálogo de amor con las personas finaliza para siempre, el amor no sería más el centro de la vida del hombre, sino simplemente una cosa entre tantas.

Si Dios no amara de verdad al mundo, lo que hacemos y proyectamos no tendría sentido alguno. El amor de Dios sería para nosotros una ilusión si nos viniese a faltar en el momento de nuestra salvación. No podría llamarse Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob y de tantos que nos han precedido, si estos no fuesen más que un nombre vano. Si Abraham hubiese muerto definitivamente mientras Dios se proclama su salvador, esta salvación sería una desilusión total.

La revelación de Cristo aparece entonces fundamentada sobre el problema que había sido puesto. Dios es un Dios vivo para hombres vivos. Es la seguridad de nuestra vida hoy. De esta certeza nace la alegría y la paz. La vida no fallece porque ha sido salvada de la muerte por el mismo Cristo.

Nosotros los cristianos somos un testimonio de la resurrección, afirmando que nuestro Dios es Dios de vivos y no de muertos. Que nos da Vida, que no puede terminar porque es la misma Vida de Dios, vida que de aquí continúa hacia el allá de la muerte física.

Contemplar el valor de los mártires es una buena cosa para llenarnos nosotros mismos de valor.

La palabra “mártir” significa “testigo”. Un mártir cristiano es una persona que muere debido al testimonio de su fe en Cristo Jesús.

No tengamos miedo para defender la Verdad de Cristo. San Juan Crisóstomo fue desterrado dos veces por denunciar públicamente la corrupción de la corte de Constantinopla, pero ante la persecución afirmaba: “Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? ‘Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir’. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena’. ¿La confiscación de los bienes? ‘Sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos de él’. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. Yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo: […] ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’”.

Que Dios nos ayude para estar fortalecidos y convencidos que Él estará a nuestro lado; si nos quitan esta vida estaremos con Dios, porque la cercanía del Amor de Dios nada ni nadie nos la pueden quitar.