Nos recuerda el apóstol Pablo.
La misericordia divina, para bien nuestro, nos llama a los goces de la felicidad eterna mediante aquellas palabras del Apóstol: “Estad siempre alegres en el Señor”. Las alegrías de este mundo conducen a la tristeza eterna, en cambio, las alegrías que son según la voluntad de Dios durarán siempre y conducirán a los goces eternos a quienes en ellas perseveren. Por ello añade el Apóstol: Otra vez os lo digo: “Estad alegres”.
Se nos exhorta a que nuestra alegría, según Dios y según el cumplimiento de sus mandatos, se acreciente cada día más y más.
Que vuestra bondad sea conocida por todos, es decir, que vuestra santidad de vida sea patente no sólo ante Dios, sino también ante los hombres; así seréis ejemplo de modestia y sobriedad para todos los que en la tierra conviven con vosotros y vendréis a ser también como una imagen del bien obrar ante Dios y ante los hombres.
“El Señor está cerca; no os inquietéis por cosa alguna”: El Señor está siempre cerca de los que lo invocan sinceramente, es decir, de los que acuden a él con fe recta, esperanza firme y caridad perfecta; él sabe, en efecto, lo que vosotros necesitáis ya antes de que se lo pidáis; él está siempre dispuesto a venir en ayuda de las necesidades de quienes lo sirven fielmente. El es nuestro defensor, no está lejos de nosotros, según aquello que dice el salmo: “El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos los libra el Señor”. Si nosotros procuramos observar lo que él nos manda, él no tardará en darnos lo que prometió.
“En toda necesidad presentad a Dios vuestras peticiones mediante la oración y la súplica, acompañadas con la acción de gracias, no sea que afligidos por la tribulación, nuestras peticiones sean hechas -Dios no lo permita- con tristeza o estén mezcladas con murmuraciones; antes por el contrario, oremos con paciencia y alegría, dando continuamente gracias a Dios por todos sus beneficios”.
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